Llevamos ya unos años pensando cómo saldremos
de “esta” crisis.
Que si es la peor crisis conocida, que si no
tiene nada que ver con la del 29, que, por lo menos, va a servir para poner
algunas cosas en su sitio, que ya nunca más se comprarán coches con un lujo
innecesario a base de créditos hipotecarios sobre inmuebles que difícilmente
van a recuperar el precio que costaron ni pediremos un crédito para ir a las
Seychelles, que si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que si debemos
consolarnos porque es la alternativa “moderna” a las guerras clásicas que
destruían todo para reconstruirlo luego y servían de paso para liquidar a unos
cuantos, que debemos todos reducir nuestro nivel de vida y eso no va a ser malo
del todo, que si el estado del bienestar no era esto, que si se veía venir, que
si la culpa es del carácter cigarrero latino…
Visto así, casi encontraríamos algún motivo
para alegrarnos de la crisis pero cuando escucho algunos amigos con alto nivel
de miras, menos ingenuos o mejor informados, me doy cuenta de lo elemental y
poco elaborado de estos razonamientos y del valor tan enorme que tiene el
pensamiento crítico cuando además está documentado, cosa poco habitual.





















