miércoles, 21 de octubre de 2026

Cómo construir una estructura salarial justa, coherente, equitativa y sostenible

Hay principios de gestión que mantienen su vigencia por mucho que hayan cambiado las empresas, las tecnologías o las generaciones que se incorporan al trabajo, y uno de ellos es la necesidad de que exista una relación razonable entre el valor que aporta un puesto y el salario que recibe quien lo ocupa. Parece algo elemental, pero mi experiencia me ha enseñado que aquello que parece evidente cuando se explica,   no siempre se traduce en decisiones coherentes cuando llega el momento de aplicarlo.

He vivido en primera persona situaciones de gran conflicto en empresas de todo tipo, algunas de las cuales llegaron incluso a la huelga después de años de reclamaciones sobre diferencias salariales que la dirección no quiso escuchar. Y es que detrás de una reivindicación económica hay muchas veces una cuestión de reconocimiento, porque las personas comparan lo que hacen, la responsabilidad que asumen y lo que reciben con aquello que observan a su alrededor, y cuando no encuentran una explicación razonable, la confianza empieza a deteriorarse.

No todas las diferencias salariales son injustas, pero deberían poder explicarse con criterios consistentes. Cuando dependen de la capacidad de negociación individual, de decisiones históricas nunca revisadas o de quién ha insistido más, acabamos construyendo una estructura que difícilmente podremos defender.

Como ya comentaba en mi artículo «Una reflexión más sobre la necesidad de asegurar la equidad salarial interna en las empresas», estudiar estos desajustes a tiempo permite actuar antes de que el malestar se convierta en conflicto o rotaciones indeseadas.

Mi actividad en el Tribunal Laboral de Catalunya me permite comprobar también hasta qué punto el diálogo puede reconducir situaciones que parecían bloqueadas, mediante la conciliación, la mediación y, con mucha menor frecuencia, el arbitraje. Las estadísticas acumuladas recogen acuerdos totales o parciales en aproximadamente el 51 % de las conciliaciones y mediaciones efectivamente celebradas, un resultado que ayuda a entender el valor de estos procedimientos, y del propio Tribunal Laboral, aunque siempre pienso que sería mejor escuchar y ordenar las cosas antes de necesitar nuestra intervención.

Para hacerlo disponemos de una herramienta con más de setenta años de historia, la valoración de puestos de trabajo, cuya adopción ha recibido un impulso importante con la normativa de igualdad retributiva, especialmente el Real Decreto 902/2020. La exigencia de identificar trabajos de igual valor ha devuelto protagonismo a una metodología que ya estaba disponible, y que permite abordar algo tan básico como determinar qué exige cada puesto y qué valor relativo tiene dentro de la organización.

Por eso me sorprende que, cuando trato estas cuestiones con mis alumnos en la universidad, muchos desconozcan la VPT como punto de partida de un estudio de equidad interna. Y es que antes de comparar salarios necesitamos disponer de una referencia que permita comparar los puestos, porque su denominación, su posición en el organigrama o la categoría que históricamente les hayamos asignado, no explican por sí solas el valor real de los mismos.

Los métodos acreditados, como Hay y los desarrollados por ICSA, CEINSA o el propio Tribunal Laboral, comparten una lógica analítica de comparación por factores, aunque difieren en su configuración. Los sistemas de factores, grados y escalas discontinuas permiten distinguir niveles de exigencia en aspectos como formación y conocimientos, iniciativa, autonomía, dificultad, mando, impacto de los errores o condiciones de trabajo, según el método utilizado. Se valora lo que requiere el puesto, con independencia de la persona que lo ocupa, y luego se analiza su relación con la retribución.

Los sistemas deben evolucionar con el trabajo, como lo hace la propia Sociedad, y es por resto que en la actualidad se valoran factores como la iniciativa y la autonomía que no figuraban en los métodos antiguos, pero su alcance y su importancia toman precisamente protagonismo en las nuevas organizaciones.

Las clasificaciones profesionales de los convenios constituyen un marco necesario, pero muchas veces resultan insuficientes para ordenar con el detalle requerido los puestos y salarios de una empresa que crece y se especializa. Una valoración y clasificación bien construidas permiten desarrollar ese marco, respetándolo, y facilitan tanto la ubicación de los puestos existentes como la incorporación de otros nuevos, sin tener que improvisar cada vez su nivel o su banda salarial.

Ahora bien, la equidad forma parte de una visión más amplia de la compensación total, en la que también cuentan la carrera profesional, la comunicación, la flexibilidad, el equilibrio entre trabajo y vida personal, los valores y unos procedimientos comprensibles y coherentes. Lo desarrollé en mi libro «Cómo aumentar salarios sin pagar más euros», y lo retomaba en «El reto de motivar y fidelizar a los jóvenes empleados»: lo que recibimos del trabajo va más allá del dinero, aunque ninguna de estas dimensiones elimina la necesidad de una base salarial justa.

Los departamentos de Recursos Humanos deben impulsar estos estudios con el respaldo de la dirección y la participación de la representación de los trabajadores, convirtiendo el diagnóstico en medidas de corrección y revisiones periódicas.

Se trata de prevenir conflictos, desde luego, pero sobre todo de garantizar la igualdad, entre mujeres y hombres, una cuestión que debería estar superada y todavía requiere atención, y entre todas las personas, en general, cualquiera que sea su condición o nivel de responsabilidad dentro de la organización.

La metodología puede aplicarse a empresas e instituciones de cualquier lugar porque la aspiración de recibir un trato justo es universal.

Pero además, las nuevas generaciones expresan con claridad esa aspiración y quieren entender cómo se reconoce su aportación, tanto en sus oportunidades de desarrollo como en su salario. Y es que los incentivos pueden recompensar resultados y el desempeño puede justificar una progresión, pero el valor del propio puesto debe ser el referente de su banda salarial en relación con los demás puestos de la organización.

Impulsar estudios de equidad interna es, por tanto, una responsabilidad de dirección que no deberíamos aplazar hasta que estalle el conflicto, porque si pedimos a las personas que aporten valor, debemos ser capaces de demostrar que sabemos reconocerlo y retribuirlo de una forma justa y equitativa.

Saludos

Francesc González

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