Hay principios de gestión que
mantienen su vigencia por mucho que hayan cambiado las empresas, las
tecnologías o las generaciones que se incorporan al trabajo, y uno de ellos es
la necesidad de que exista una relación razonable entre el valor que aporta un
puesto y el salario que recibe quien lo ocupa. Parece algo elemental, pero mi
experiencia me ha enseñado que aquello que parece evidente cuando se
explica, no siempre se traduce en
decisiones coherentes cuando llega el momento de aplicarlo.
He vivido en primera persona situaciones de gran conflicto en
empresas de todo tipo, algunas de las cuales llegaron incluso a la huelga
después de años de reclamaciones sobre diferencias salariales que la dirección
no quiso escuchar. Y es que detrás de una reivindicación económica hay muchas
veces una cuestión de reconocimiento, porque las personas comparan lo que
hacen, la responsabilidad que asumen y lo que reciben con aquello que observan
a su alrededor, y cuando no encuentran una explicación razonable, la confianza
empieza a deteriorarse.
