martes, 21 de febrero de 2017

Esfuerzo y Resultado

“La empresa no debe premiar el esfuerzo sino los resultados”. Se dice.
El esfuerzo se premia en los niños, en la escuela y en casa, pero no en la empresa.
Cuando oigo esa frase me acuerdo del periodo 2007-2013, con el mercado de la construcción en España inmerso en una crisis brutal, con todos mis amigos directores y comerciales de las empresas de cerámica estructural trabajando más que nunca para minimizar el desastre, pero irremediablemente condenados porque nadie fue capaz de levantar aquello.
Y es que el gráfico anterior no es ciencia ficción ni una pesadilla que tuve algún día, sino las cifras oficiales publicadas por HISPALYT sobre el número de viviendas iniciadas en España en ese periodo, y el mejor indicador para entender la situación del mercado de los materiales de construcción que pasaron por el peor momento de su historia.

En ese periodo nadie se ganó su bonus, pero en cambio el esfuerzo fue enorme.
En esas situaciones, debemos aceptar que no podemos premiar el esfuerzo?

Para mi está claro que con unos resultados negativos muy abultados y en un escenario de pura supervivencia, retribuir el esfuerzo no tiene sentido y nadie lo haría, sin embargo dicho así estaríamos demostrando una miopía enorme al considerar que cuando hablamos de premiar la cosa va únicamente de euros.

Salario son muchas más cosas que los euros, así que en esas circunstancias probablemente no se pudo pagar demasiados euros a nadie en concepto de bonus, pero se hicieron otras cosas. Por lo menos algunos.

Tengo un buen amigo en el sector cuyo “bonus” fue la fidelidad y el compromiso mutuo entre él y la empresa, una de las que sobrevivieron a la crisis. Hoy, mi amigo se encuentra dirigiéndola y desplegando velas para nuevos retos.

Claro que hay que premiar el esfuerzo en la empresa, reconociéndolo públicamente, flexibilizando y quitando rigideces horarias, pensando en el colectivo pero actuando de forma individual, considerando las particularidades familiares y personales de cada uno. Haciendo que cada persona se sienta atendida y escuchada. Confiando en las personas y demostrando esa confianza que, sin duda, se transformará en compromiso, lo cual será bueno cuando todo vaya bien , pero será indispensable cuando haya dificultades.

Y hablando de esfuerzos y premios, nada ilustra mejor estas ideas que una carrera popular a las que hace tiempo me he aficionado y os aseguro que crean adicción (de la buena claro).

Las dos imágenes anteriores reflejan perfectamente lo que pasa habitualmente en esas carreras.
A la izquierda, uno de los que ganan y que vienen a por el premio. Para estos la única recompensa válida es el cheque que se encuentran después de cruzar la meta los primeros. Pero son unos pocos.
La mayoría, como los dos de la derecha, se sienten recompensados con llegar, porque su premio es la satisfacción, el orgullo, el sentirse “ganadores”, el reconocimiento de los suyos por la hazaña realizada y la fuerza moral que da el haber superado algo que parecía imposible.
Os puedo asegurar que ese premio, esa simbólica medalla de “finisher”, es muchísimo más importante y gratificante para esos dos tipos de la derecha que el del atleta ganador que con un estratosférico tiempo de 2.06 llega a la meta el primero en la maratón de Londres.
Claro que hay que premiar el esfuerzo, faltaría más, pero acostumbrémonos a pensar en que hay muchas otras formas de premiar que no sean los euros.

Ya es hora de que empecemos a olvidarnos de los "salarios" y empecemos a hablar de "compensaciones".
saludos,
Francesc


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